domingo, 26 de junio de 2011

15-M. Presencia y representación. ¿Cuándo el cine podría tornarse en verdad política?

Una de las mayores dificultades que nos plantearon distintos realizadores y realizadoras de la comisión de audiovisual del movimiento 15-M para hacer un cine de manera asamblearia, con gente cualquiera, están relacionadas con las técnicas de realización y la forma de organización del cine. Dificultades lógicas si se piensa que tanto el cine industrial como el cine de autor, han sido practicados como oficio durante su primer siglo y casi en su totalidad, en sociedades occidentales, regidas por funcionamientos capitalistas y dentro de democracias representativas donde siempre es una élite la que gestiona los medios de producción, las instituciones y el dinero.
El pensamiento más problemático que suelen expresarnos dice más o menos esto: si ya es tedioso llegar a acuerdos técnicos, narrativos y estéticos entre los profesionales (director, cámaras, guionistas, etc) resultaba impensable trasladar esos procesos de decisión a a niveles de asambleas populares como los que se han presenciado en España a partir del 15 de mayo.
¿Una multitud discutiendo un plano o un punto de cámara? Eso es imposible -nos replicaban-.

Esta semana leíamos la entrevista de Alain Badiou que publicara en su blog de Público Amador Fernández.
Badiou plantea algunos rasgos de lo que entiende como “una verdad política” vinculada a los nuevos estallidos populares que ocurrieron en lo que va del año, incluyendo el español, definiéndola como “el producto organizado de un acontecimiento popular masivo en el cual la intensificación, la contracción y la localización sustituyen a un objeto identitario. Con objeto identitario se refiere a “aquel al que hay que parecerse lo más posible para merecer una cierta atención por parte del Estado”. Algo así como que siempre es el Estado el que nos define en lo que somos, nos categoriza, nos da una identidad para poder realizar su gestión pública y que una “verdad política” aparece cuando emerge una masiva manifestación de personas que se sienten y se definen como otra cosa no categorizable por ese Estado (sus grupos minoritarios de gestión) y estalla, en el caso español, ese ya conocido “no nos representan”.
Aplicado al cine, parece evidente que al plantearnos un cine de naturaleza asamblearia con la gente (no realizadora) se plantea un problema sobre quién decide y quien gestiona la propiedad de las películas que ostentan a representar el imaginario social de grupos y colectividades en general.
Podríamos decir que junto al voto político, o en el voto político, hay una delegación no explícita que deja en manos de los gestores oficiales del cine y de la cultura en general la tarea de crearnos las obras del imaginario audiovisual y cinematográfico: “ahí tienen mi voto y dentro de la gestión pública que les encomendamos, pues ocúpense también del ámbito cultural y la producción de obras cinematográficas que representen nuestro imaginario”.
Cuando se plantean desde el 15-M el rechazo rotundo a este sistema de gestión público, de delegación pasiva y se le comienza a contraponer un asamblearismo ciudadano, es cuando, en palabras de Badiou, aparece una “verdad política”, un “ producto organizado de un acontecimiento popular masivo”.
Nuestros planteos hacia el cine, que quizá hasta este momento parecían encontrarse en el compartimento estanco de nuestra búsqueda como colectivo aislado, vienen a anclarse justo en este cambio cualitativo, ante la aparición de una nueva “verdad política” (acontecimiento masivo) que plantea otras formas de representarse, oponiendo, como dice Badiou, desde otra forma de presentarse. Si el parlamento es una puesta en escena de los representantes del poder que gestionan los asuntos públicos, las asambleas populares se presentan como otra impresionante puesta en escena de ciudadadanos que crean una presencia y buscan re-presentarse de otra manera para lo cual “el movimiento ha tenido que declarar la vacuidad total del fenómeno electoral (“no nos representan”) en nombre de la presentación”, dice Badiou.
Aún con lo sorpresivo que puede haber sido esta “nueva verdad política”, los desafíos que supone en el terreno político y organizativo parecen aceptarse con cierta rapidez. No parece tan fácil de asumir en el terreno de la gestión y producción cultural y ya cuando lo planteamos en el terreno cinematográfico, la primera reacción es la que estamos encontrando, que es sencillamente impensable: ¿una multitud definiendo el guión, cada puesta en escena, cada plano, cada montaje? ¿una multitud mirando los brutos? Es el fin, como llegó a decir algún colega.
Y no deja de haber una parte de verdad: el asamblearismo ciudadano es inasumible para un modelo de cine tal como lo conocemos. Solo que en lugar de volvernos conservadores de este modelo, lo lógico y pacientemente revolucionario es plantearse cambiarlo, hacerlo mutar, hacerlo crujir para que pueda asumir la nueva realidad.
Pongamos el caso utópico de que se lograra un nuevo orden social en la gestión pública bajo el influjo de esta “conciencia (y operativa) colectiva”, ¿qué pasaría si no cambiamos el modelo de producción y gestión del cine? ¿seguiríamos manteniéndolo como un reducto donde la sociedad que gestionaría los diferentes ámbitos de la vida con formas de participación ciudadana, seguiría anclada en los viejos modelos en la gestión cinematográfica? Todo bien pero, ahí no, ahí seguiríamos haciendo las cosas bajo el influjo de minorías y esquemas basados en el culto a la subjetividad individual. Todo porque los paradigmas cinematográficos, industrial y de autor, no se han desarrollado para permitir que una asamblea de gente se ponga a discutir el proceso de producción de una representación fílmica y porque los y las realizadoras tenemos que entrar en conflicto con nuestros propios métodos de producción.
La disyuntiva parece simplicarse en dos posturas: o nos volvemos conservadores (de los modelos vigentes) o nos empezamos a plantear las preguntas “revolucionarias”: ¿cómo imaginar una operativa que practicamos hasta ahora de la manera en que ya la conocemos en una realidad colectiva con funcionamiento asambleario? La decisión es política:¿ queremos que el cine se democratice hasta convertirse en un asunto donde la gente decida sobre las representaciones que surgen de ella y les representan porque nos parece socialmente justo? Sí decimos que sí, la segunda pregunta es clara: entonces ¿cómo diseñamos un modelo de cine donde cada parte de su proceso sea abierta a esa participación y apropiación ciudadana? Y esto para cualquier realizador o realizadora, son cosas muy concretas: ¿cómo hacemos el guión, cómo el montaje, como el visionado, cómo la gestión de los films, cómo hacemos su circulación, cómo gestionamos sus efectos? Etc. etc.
Otros de los miedos que nos han planteado para un cambio de paradigma es la “perdida de un cine de calidad” al democratizar las decisiones con gente que no tiene ni idea de como se hace el cine. Expresamos la duda en el texto de un realizador que nos la hacía en el Facebook una pregunta: ¿Cuales son las bases del cine asambleario? ¿En que consiste? ¿respeta la lógica necesidad de mantener cargos? a mi me encanta el cine como herramienta de lucha, pero el cine con mayusculas, el de calidad es altamente complejo y necesita de diferentes expertos en muchos campos, iluminación, sonido, actoral, lenguaje cinematográfico, músical, etc. de ahi es de donde surgen los diferentes cargos...
Le preguntamos qué era un cine con mayúsculas (porque entendíamos que suponía un cine con minúsculas) y nos respondió: cuando hablo de cine con mayúsculas o de calidad me refiero a que consiga un cierto nivel visual, estético, dramático y técnico con el fin de lanzar uno u otro mensaje ... o por simple gusto estético...
Es significativa esta dificultad porque es común en el ámbito profesional: si no lo hacemos los que sabemos de esto, si lo hacen otros que no saben (o los dejamos compartir las decisiones), pues perdemos efectividad y calidad sobre todo estética, visual, sonora. Para ser más concretos, hablamos de la calidad fotográfica de una imagen buscada por profesionales de la fotografía y la composición de cuadro. Parece asociarse lo popular asambleario (que el panadero se ponga opinar -como decía alguno-) como perjuicio de esa calidad visual. Y hablamos también de la calidad sonora, de la limpieza de la toma hecha por un profesional, de la composición de la música si la hay, del trabajo de ingeniería técnica que siempre supone una película.
Sigue diciendo el compañero: sobre el cine en minúsculas o sin calidad, es una opción pero minoritaria, dicen que "el arte es aquello que acaricia los sentidos" (que cursi XD) para "acariciarlos" o para que el espectador se muestre interesado por lo que esta viendo es necesario contar con su bagaje cultural colectivo, si no es asi sencillamente no gustará, habrá quien haga cine para si mismo o para un pequeño grupo, es una opción, pero en mi caso cuando hablo es para que se me entienda y si es posible que lo haga la mayor parte de la gente que me escucha, pues mejor, cuando me expreso a través de una cámara mi objetivo es el mismo, transmitir una idea, concepto o sensación al mayor número de personas que esten observándola, no confundamos el cine que puede ser entendido y disfrutado por muchos con el cine comercial cuyo único objetivo es la obtención de beneficios.
No cabe duda de que estamos ante argumentos comprensiblemente inmersos en el viejo modelo de producción: productor que realiza películas para llegar a grandes masas de espectadores, que para eso tiene que esforzarse en una “calidad” porque ese sello de calidad parece ser el “cautivador masivo de espectadores”.
Las dificultades narrativas ni las mencionamos porque en nuestra experiencia está más que comprobado que narraciones interesantes hay en todas las cabezas vivientes y que la riqueza de construir una narrativa en debate colectivo, es muchas veces tal que puede superar cualquiera que proceda de la subjetividad de un autor, autora o equipo de profesionales.
Pero los problemas estéticos y de realización técnica, nos parecen que son argumentos de propiedad de un saber que parecen decir, “si no lo hago yo que soy fotógrafo o cámara esto no quedará bien”. Y es claro que es así. El panadero sabe de su oficio mejor que el que no lo es. La clave está en preguntarnos al servicio de quién se pone ese saber. Y vemos que ese saber está al servicio o de un dinero de producción o de colegas profesionales que tienen una peli en la cabeza y la quieren realizar. Pero al servicio de gente cualquiera, grupos, que ni tienen el dinero ni saben los oficios ¿cuántos profesionales encontramos?
Y lo hemos repetido en diferentes ocasiones, no estamos planteando un “voluntariado militante más” que se sume al que la gente altruista hace para apoyan proyectos de colectivos, grupos o barrios que acepten o quieran contarse.
Estamos planteando la necesidad de otro modelo de funcionamiento social de la cultura donde el imaginario común encuentre plataformas y profesionales cercanos cuyas tareas estén pagadas como un oficio más, que debería ser una política de gestión pública y que debería estar al servicio de la imaginación de colectivos cercanos y ¿por qué no? de asambleas populares.
Y si tenemos esas plataformas con profesionales pagados con salarios minimamente dignos, estará claro que “la calidad” estética estará asegurada. Estará al servicio de localidades, de gente que se reúne para elaborar sus narraciones, de rodajes en espacios habituales donde la gente vive, de una ficción social que no es solamente la de los sofisticados y privilegiados sectores minoritarios y profesionales que consiguen un trozito de la torta. Si permanecemos en un modelo donde los medios de producción de la cultura son poco más que un entramado de chanchullos y amiguismos, pues, seguiremos encarcelados en ver si a titulo personal nos suena la flauta con alguna película y si nos preocupa lo social, seguir haciendo caridad cinematográfica en los tiempos libres.
Cerramos con otro texto de Badiou refiriéndose al caso español: la posibilidad de una verdad política por un lado y la perpetuación del régimen representativo por otro se produce en una suerte de teatralidad ... de una manera a la vez simultánea y separada. Es una síntesis disyuntiva de dos escenas teatrales.
Sin duda que se trata de la vieja teatralidad de la política institucional y la nueva teatralidad de movimiento asambleario que ha desbordado las plazas.
Se lo aplicamos al cine y vemos: por un lado el escenario del viejo modelo cinematográfico de exclusión permanente de la gente en la producción de su imaginario. Minoritario, vertical y que excluye incluso a muchos jóvenes que estamos conociendo, altamente preparados para la realización y con ganas enormes de trabajar pero que no encuentran ámbito de integración con el trabajo que saben. El otro escenario, el del futuro, incipiente, horizontal, presente, asambleario, donde su modelo de cine está por hacerse y donde tenemos el deber de soñar con un paradigma diferente que acompañe los nuevos procesos que se han abierto. Nosotros llevamos tiempo en el escenario del futuro. Habrá que seguir trabajando para rompernos la imaginación acorralada por las viejas formas de concebir y producir el cine. Y si se acrecientan las resistencias para un cambio de modelo, pues habrá que romperles las puertas de su vieja teatralidad a patadas. Por ahora somos propositivos probando las armas de los argumentos y la seguridad que da el trabajo en terreno. Todo está bien, todo está cambiando, las calles están ocupadas. Habrá que ir ocupando las instituciones, que también son nuestras.

domingo, 19 de junio de 2011

Movimiento 15-M. Contrapoder: la cámara anónima contra la cámara capitalista. El cine asambleario como horizonte.

Esta semana hemos presenciado cómo el movimiento 15-M ha desplazado su potencia hacia la acción directa. Acercamiento hacia la zona caliente del poder real.
Luego de ocupar el espacio público que ha permitido el encuentro y la organización, lo que sigue es una reconducción de esa energía, y un desplazamiento físico hacia el sitio donde operan los responsables políticos del gran desahucio popular en que se ha convertido la democracia capitalista española.
En un país tan afín a los encierros de toros, todos y todas sabemos el peligro que conlleva desesperar a estos animales cuando la multitud los persigue para conducirlos a la plaza. Puede haber algún herido.
El encierro de esos toros parlamentarios que estaban tan tranquilos alimentándose a gusto, ha provocado los primeros incidentes violentos, ya no entre la población del 15-M y la policía, sino entre infiltrados y policías.
La España capitalista, conforme con el presente que ha diseñado, sigue en su planeta mientras la España insurreccional crece.
Cada una de estas dos Españas tiene un enfoque de cámara, un relato sobre los acontecimientos.
La cámara de la España capitalista nos tiene acostumbrado a la visión panorámica, externa, impasible con la que retrata los acontecimientos. Una manifestación donde estallaba algún brote de violencia tenía una narración: manifestación violenta que acabó con enfrentamientos entre los manifestantes y la policía. Los medios daban el parte y obviamente se acababa el tema cuando aparecían las imágenes como prueba. Estas se fabricaban para ilustrar el punto subjetivo del poder representado en sus medios corporativos. La masa social espectadora podía o no creer lo visto y oído pero ahí quedaba el relato y la imagen como constancia de los hechos. El espectador no cambiaba su condición de espectador sin más, aunque estuviera contemplando la imagen de unos hechos en los que podía haber participado.
Este estado habitual de las cosas en el que veníamos envueltos, entró en desactivación.
En el siglo de la cámara inmersa, como hemos dicho en muchas ocasiones, esa cámara metida en la multitud, en manos de la gente, conviviendo con ella, naturalizándose a pie de calle, parece haber alcanzado en este último mes, en un amplio sector de jóvenes españoles, su madurez política, al convertirse en una cámara capaz de desactivar el cinismo de la cámara capitalista y sus relatos de poder.
En los episodios de Barcelona, la cámara capitalista buscó dar en el blanco del movimiento en uno de sus más desconcertantes fortalezas: el pacifismo. Rapidamente vimos como los portavoces de diferentes programas pretendían sentenciar infantilmente el carácter violento de este alzamiento popular: ah, ya está claro, ¡son violentos! He aquí la evidencia. Mirad nuestras imágenes.
La patética manipulación por parte de Telemadrid fue otro grotesco caso de manipulación. Directamente, la televisión madrileña quiso largarse al cuello del movimiento poniendo en una sucesión de imágenes su axioma: dicen que son pacifistas, miren (imágenes de violencia entre unos manifestantes y agentes de la policía), ¿han visto? Pues queda demostrado que no lo son. Fin del cuento.
La desactivación de ambos relatos no se hizo esperar. Las cámaras anónimas crearon otro relato que delataba el micro acontecer dentro de la manifestación escribiendo la narración alternativa: miren, fueron un grupo de infiltrados, aquí los tienen, el 15-M es pacifista, ustedes han manipulado. Restitución del relato insurreccional.
Para el caso del cínismo de Telemadrid, bastó el ojo observador de esos operarios anónimos: la imagen que se ofreció de prueba era de una manifestación griega. No hay prueba de violencia. Restitución del relato insurreccional.
Si parece de chiste.
Estos son solo dos ejemplos de los muchos que se han dado y operan permanentemente en el nuevo panorama político español.
La quinta semana acaba con un fortalecimiento del movimiento en unas multitudinarias marchas pacíficas que se saldaron sin ningún incidente violento.
Mucho queda por andar. Esta guerra de imágenes, guerra por el control del imaginario social, no ha hecho más que empezar. Y será desgastante y amenazante para el movimiento.
No hay que olvidar los hechos que sí importan: el parlamento catalán aprobó los recortes que originaron las concentraciones y la clase política sigue en su sarcástica sordera e indiferencia instalada en sus mismos asientos.
Esta semana, como colectivo de Cine sin Autor, tuvimos oportunidad de plantearnos junto a otros realizadores y realizadoras que trabajan en la Comisión de Audiovisual del movimiento, una primer reunión de debate sobre la viabilidad de un cine de naturaleza asamblearia que a la luz del espíritu de un movimiento que pretende remover las estructuras del modelo político, pudiera desactivar también el modelo de producción audiovisual y cinematográfico.
Expusimos algunas de nuestras operativas como arranque para dicho debate y la primera reacción fue de resistencia por parte de varios y varias compañeras con experiencia en la producción de audiovisual y el cine. Consideraban inviable, impensable e incluso hasta irritante, la posibilidad de un asamblearismo popular en la producción.
Un largo y enriquecedor debate fue lentamente venciendo las resistencias iniciales para dar paso a la posibilidad de un cambio radical en los paradigmas de producción, que llevarían a un replanteamiento de todo el sistema que sostiene nuestras actuales maneras de hacer audiovisual y cine. Pero cuesta mucho hacerse a la idea de un modelo diferente al que nos acostumbrado.
Mucho nos queda por andar, como decíamos. Y si bien hacemos notar que la cámara insurreccional y anónima del movimiento comienza a erigirse en un incipiente contrapoder frente a la cámara del capitalismo español y sus relatos, sabemos que el sistema mediático de información sigue gozando de espléndida salud y seguirá tan autoritario como siempre, sostenido por sus inversores. La batalla será larga y tendrá diferentes etapas.
Y si bien, nos hemos embarcado en las aguas de un movimiento ciudadano que pretende remover los cimientos de una democracia capitalista, mucho debemos removernos todos y todas para cambiar profundamente los paradigmas que tenemos metido como el único funcionamiento posible.
En eso estamos. Lentamente desactivando y desactivándonos de las viejas formas para abrirnos a los nuevos horizontes que nosotros mismos tenemos la responsabilidad política de construir. No hay que tener miedo a imaginarnos completamente diferentes a lo que veníamos siendo, porque es contra lo que veníamos siendo contra lo que nos estamos rebelando. Tener sueños es siempre más fácil que tener el rigor, la disciplina autocrítica y la insistencia de materializarlos. No es momento para las tibiezas. Si nos planteamos un cambio, por lo menos no nos privemos de imaginarlo como una ruptura total del modelo vigente. Es la única manera de pensar en un paradigma acorde al estallido social que nos atraviesa.

domingo, 12 de junio de 2011

#spanishrevolution3. La crisis del imaginario social. Inteligencia colectiva, las nuevas Dos Españas y un cine que habrá que construir.

Asistimos esta semana a una curiosa, cuando no patética y un poco increíble puesta en escena por parte de la policía que realizó una performance oficial al detener no se sabe qué tres personas de la organización Anonymus diciendo: "Desarticulada la cúpula de la organización hacktivista Anonymous en España".
Muchos tuvimos que hacer un verdadero esfuerzo mental para entender que no era un chiste. La foto que acompañó la noticia es muy ilustrativa: dos policías sonriendo con una máscara de anonymus sobre la mesa, de esas que se pueden comprar en las tiendas.
El día que se decidió el levantamiento de la acampada sol, en medio de un largo y espeso ejercicio de llegar al consenso total, se leían textos sobre la inteligencia colectiva haciendo hincapié en que funciona de manera diferente a la individual. Delirante y agotadora asamblea sí, pero que acabó con un consenso que contempló la postura de las pocas personas que se oponían al levantamiento de la acampada. Nuestros viejos esquemas asamblearios hacían cortocircuito. No todo es puro, obviamente, porque por momentos parecía exagerada la obstinación de los y las moderadoras en conciliar las posturas absolutamente minoritarias. Eran más de las 12 de la noche y estábamos un poco hartos ya porque había una mayoría casi absoluta y se seguía debatiendo a causa de unos participantes cuyas posturas no tenían mucha consistencia. Más cortocircuito en nuestras cabezas. Lo individual no servía de nada allí. Estábamos envueltos en una neblina colectiva cuando de pronto apareció un joven de entre los que estaban sentados, con un texto corto que había preparado como fórmula conciliadora. Lo leyó, pidió permiso para consultar si había alguien en discenso, lo hizo y se creó un silencio sepulcral. ¿No hay nadie en absoluto discenso? - preguntó. Por un momento no hubo oposición alguna y sin dar crédito estallaron los aplausos contenidos durante más de 4 horas. Luego aparecieron matices a algunas palabras del texto y en los minutos siguientes se llegó al dichoso consenso.
¿Quién era el joven? Ni idea. Lo conocerán sus amigos y amigas. Cuando hubo que repetir lo que se había consensuado y no parecía claro, los y las participantes decíamos: el de verde, el de verde... (el chaval tenía una casadora verde).
En cuatro semanas, de Movimiento, no es posible reconocer lider o lideresa alguna de forma nítida sino caras que han ejercido funciones de manera frecuente.
La gente de la organización se conoce más entre ella, pero cualquier participante que no esté en lo cotidiano de las comisiones no podría identificar por la calle a la mayoría de los moderadores y moderadoras de las asambleas que se han sucedido a lo largo de este último mes y que han sido los más expuestos a la visibilidad.
Esto no quiere decir que hayan desaparecido los protagonismos, las broncas, envidias, perversidades individuales, personalismos exacerbados o egoismos privados.
Lo que parece suceder es que cuando se trata del ámbito común, de lo político común, algo se activa en este movimiento que suspende (no elimina) el interés individual. Las operativas colectivas que han irrumpido en nuestra sociedad a través del 15-M han tocado otros resortes a nivel humano. No los ha inventado, los ha activado. Y si no estás medianamente cerca no lo puedes entender. Uno se come la ansiedad particular en una asamblea decisiva como la del martes porque de alguna manera sabe que si es un consenso absoluto disminuyen las posibilidades de fragmentación, aunque esté harto de escuchar opiniones. ¿En qué consiste si no la utópica fórmula de respetar las minorías? Pues seguramente que en algo muy parecido a lo que ocurre en los procesos asamblearios que estamos presenciando por toda España. ¿Que es problemático, lento y agotador? Sí claro. ¿Y?
Y en medio de ese clima que se experimenta al entrar en la órbita del movimiento 15-M vienen la policía nacional y hace el chiste: Hemos desactivado a la cúpula de anonymus. Un movimiento horizontal de personas sin cúpula al que le desactivan la cúpula. No hay manera. Las viejas categorías del imaginario social nos gobiernan como fantasmas nómadas: 1) los líderes, la cúpula, los cabecillas de 2) una masa, participantes de relleno, seguidores, convencidos, seducidos por esos líderes que les nutren de argumentos, esos “grandes hombres” que había que perseguir para desarticular una organización. Viejas codificaciones, caducas, obsenas, de chiste.
La foto de la policía nacional es representativa de esa crisis del imaginario. Lo que muestran los mandos policiales aparte de su sonrisa es precisamente lo que ocurre en el intento de captura entre un imaginario que desconoce la realidad que tiene que atrapar. Manotazos al aire y cuando va a ver, tiene solo vacío... una máscara sin cuerpo, el simulacro de una captura.
Es la crisis de un tipo de imaginario social ante el nacimiento de una realidad inmersa en otro y que ya muta con gran rapidez. La puesta en escena de la otra política que ha sido la Plaza del Sol con sus asambleas y casi sistema de vida, al mismo tiempo que se desmonta, no ha hecho más que crear otras situaciones que abruman el imaginario: los lugares públicos intocables se están viendo invadidos por grupos de personas o verdaderas multitudes en otros casos. Lo colectivo de un movimiento como el 15-M parece a-representacional si entendemos como representación las antiguas imágenes con las que operábamos. Al principio se les increpaba por estar visibilizándose en la plaza del sol y se les incitaba a que “esos perroflautas” (vieja categoría que se queda corta) se fueran al Congreso. Cuando el escenario se traslada al congreso, las cortes valencianas, el ministerio, dicen los reaccionarios (aquellos esclavos de su propio imaginario estático): "joder, es que no pueden ocupar cualquier lugar como se les de la gana." De chiste.
Si hay algo que nos vuelve conservadores no es precisamente la edad, sino la incapacidad para cambiar nuestras representaciones al ritmo del tiempo real y de los acontecimientos que la realidad nos antepone.
Hemos escuchado en este último mes una gama increíble de categorizaciones que pretenden agotar el estado insurreccional en tres o cuatro explicaciones. Desde los que apuntaron y apuntan a una oculta y casi metafísica planificación de Rubalcaba hasta los que piensan en un romántico despertar de un estado revolucionario que conseguirá objetivos sin violencia, pasando por chistes como los de la policía nacional desactivando cúpulas que no existen.
Nosotros optamos por suspender el pensamiento por tiempo indefinido. Lo dijimos desde el segundo día. Pero por supuesto que es inevitable y útil ir categorizando sobre la marcha. Lo que parece caduco es el acto de fijar el entendimiento para conformarnos con un: ¡ya lo tengo, ya sé lo que es! Menos mal. Es que no me cerraba. Eso sí que se vuelve un poco ridículo.
Un estado de crisis de nuestro imaginario como el que estamos viviendo, trae como consecuencia, un obligado despertar. Ya no como gloria de alguna iluminación sino simplemente como ejercicio cotidiano ante la aceleración de los hechos a los que debemos mirar minuto a minuto. Para mirar hay que estar despiertos.
Incluso en los que deseábamos un acontecer revolucionario para este país, el imaginario previo debe entrar en crisis. La imaginería de la revolución tienen que dar paso a los hechos revolucionarios, siempre más desbordantes, más cutres, más locos, más incomprensibles, más idiotas, que nuestra comprensión: “si la comprendes, no es una revolución”.
No estamos diciendo que lo sea. Hasta ahora son grandes movilizaciones con clara intención de reorganización democrática surgida de una, aún, minoría con respecto a la población total española. Pero es que las revoluciones contadas a tiempo pasado son muy fáciles de entender. 82 locos en un pequeño barco posiblemente sean solo unos locos en un barco del que nadie tiene conocimiento e incluso podría ser solo un grupo de inmigrantes africanos a la deriva. Pero si ese barco se llama Granma y lo situamos zarpando de una localidad llamada Tuxpan, en el estado de veracruz del México de 1956 y alguno de esos locos se llamaban Fidel Castro y Che Guevara, entonces, claro... clarísimo... es el comienzo de la Revolución Cubana. ¡Hombre, hombre!... no vamos a comparar.... aunque en el tiempo real todo aquello pudiera ser una verdadera cutrez incomprensible de unos iluminados.
Hoy son otros tiempos. No hay "grandes hombres" donde fijar la vista. Y es claro que el 15-M puede disolverse como la espuma. ¿Y? ¿si volviéramos al letargo y somnoliento sueño en que estábamos? ¿Eso sería el mal peor? ¿Lo peor es saber ahora, que podríamos despertarnos en cualquier momento y acorralar multitudinariamente el parlamento, las alcaldías, los bancos, los ministerios o las comisarías a quienes no nos gusta el funcionamiento corrupto de nuestras minorías políticas y que encontramos formas de protestas masivas?
Aquí y ahora todo parece perfilarse hacia una versión actualizada del viejo tema de las dos Españas que mencionan los que la han repasado o vivido más. Pero no ya entre una franquista y otra seudodemocrática, o entre una republicana y otra borbónica.
Quizá estamos caminando hacia una conflictividad entre Una España gestionada por una minoría política y cultural subyugada a grupos minoritarios empresariales y financieros, respaldada por una población que vota cada cuatro años y que deja carta blanca a sus representantes para hacer lo que se les de la gana en perjuicio de la totalidad y en beneficio propio y, Otra España, alimentada por una joven generación que ha quedado descolgada de ese sistema altamente corrupto y sin señales de recuperación y que está contagiando y sabiendo incluir a descontentos de otras generaciones afectados por la España capitalista. Estos proponen por medios pacíficos una reformulación del modelo, una democracia real. Puede ser.
Las revoluciones son generalmente generacionales si el sistema que los antecede llega a grados extremos de exclusión como en el que estábamos en España y otros países vendidos al gran Capital.
Y ¿nosotros? hormigas cineactivistas, nos preguntamos en medio de este follón ¿qué pintamos?
Cada uno desde su sitio debe forzar la máquina del cambio. Y bueno, nos sigue obsesionando la responsabilidad del diseño de otro modo de producción del audiovisual y el cine. Si se va a desactivar el actual sistema de cosas, pues aportamos discretamente los criterios para la desactivación de su cultura audiovisual, su industria y su cachondeo infame.
En medio de un estrés galopante como el que tiene la gente de la Comisión de Audiovisual de la acampada y de una reunión muy loca de la pasada semana, propusimos a quien quisiera empezar un grupo de trabajo. La intención es trabajar en la desactivación de las estructuras de producción audiovisual y cinematográficas, en el estudio crítico de las leyes que lo sustentan, en un replanteamiento profundo de sus prácticas de negocio y producción y en el diseño de un nuevo modelo de realización y de industria audiovisual. El objetivo es compartir nuestra experiencia de estos años y enriquecernos de otras visiones y otras prácticas. Aún es como murmurar en mitad de un griterío. Imposible que se escuche. Es lógico por la prisa de los acontecimientos y la urgencia informativa. Pero empezaremos a hacer camino. No tenemos ninguna prisa. Estamos acostumbrados a los largos tiempos de lo social. Así hacemos nuestro trabajo. Que la representación cultural y audiovisual tampoco nos representa lo sabemos desde hace mucho tiempo. Que hay otras maneras de hacer donde la gente común construya colectivamente sus propias representaciones, es algo que también sabemos y hacemos hace tiempo aunque sea a muy pequeña escala. Compartirlo es nuestro deber. Seguir minando las instituciones de nuestros métodos y teoría es algo que también lo estamos empezando a hacer. Y sumergirnos en el espíritu de un movimiento como el del 15-M es nuestra obligación. Ahora lo tenemos más claro. No es que estuviéramos solos, es que estábamos incomunicados. Y eso se ha roto. Definitivamente.
Quizá podamos empezar a decir en algún tiempo, como nuestros amigos Anonymous: "somos una legión, no perdonamos, no olvidamos”... desactivaremos vuestros métodos y vuestras instituciones culturales y lo haremos de forma pacífica... “esperadnos”.

domingo, 5 de junio de 2011

Movimiento 15-M. Algunas anotaciones para pensar en el Cine del Futuro. Desafíos.

Es obvio que la urgencia de los hechos nos obligó, como primera reacción al entrar en la órbita del movimiento 15-M, a la tarea informativa. En nuestro caso, comenzamos con un barrido a pie de plaza de decenas de entrevistas cortas preguntando ¿por qué estás aquí? ¿que razones te trajeron? Luego seguimos con entrevistas y recorridos por las comisiones que en las dos primeras semanas se crearon en la Acampada Sol para informar sobre su funcionamiento y en tercer lugar seguimos grabando asambleas.

Luego de 15 días paramos al comprobar que la comisión de audiovisual en la que estamos comenzó a organizarse eficazmente al punto de sacar un informativo con piezas más elaboradas y a emitir las asambleas en streaming. Fantástico trabajo de los compañeros y compañeras.
No dudamos de que la primer función política de las imágenes para cualquier videoactivista, realizador, realizadora que se acercara a las primeras semanas de irrupción del movimiento 15-M debía ser divulgativa e informativa y que aún sigue siendo una tarea de primera necesidad. Cualquier visión desde dentro, siendo respetuosa, debe comprometerse a conformar el imaginario audiovisual que la sociedad en general debe hacerse de este movimiento insurreccional. Documentalismo activo, informativo, divulgativo, militante.
Pero mientras atendíamos la urgencia de los vertiginosos hechos, nos comenzó a rondar la otra pregunta que expresábamos la semana pasada: ¿dónde está el cine y qué función debía cumplir ante unos hechos de tal magnitud?
Y de la misma forma en que en las asambleas se habla de política a corto plazo y política a largo plazo, con respecto a lo audiovisual nosotros nos ubicamos dentro de una política audiovisual y cinematográfica a largo plazo. El tiempo que llevamos en esto nos lo permite.
Posiblemente las imágenes más poderosas que cualquiera ha podido y puede recojer, son las de las asambleas populares masivas que irrumpieron como una realidad casi utópica en el seno de la sociedad española. Utópica por su participación, por sus procedimientos y por la energía colectiva que las habita. Una utopía tal que algún joven desconocido llegó a comentarle a un amigo: esto tiene que acabarse porque es irreal. Las asambleas masivas de sol, con toda su operativa, crean in situ un sentimiento ambiguo donde uno se está diciendo todo el tiempo: esto no puede estar ocurriendo así, pero está ocurriendo así.
Fue la grabación de esas asambleas las que posiblemente nos hicieron detener para pensar mejor cómo seguir inmersos en el 15M. En nuestro caso, como colectivo de Cine sin Autor, hemos sentido siempre un camino a contracorriente dada la ausencia de un tejido social preparado para procedimientos asamblearios donde la imagen a producir pudiera decidirse en colectivo con personas cualquiera y no en los guetos videoactivistas o cinematográficos minoritarios.
Esta irrupción del asamblearismo popular con participación tan diversa de gente nos ha confirmado en un camino de búsqueda y a la vez nos ha abierto interesantes preguntas y profundas expectativas.

Si hay una cosa que parece clave en este movimiento, es el hecho de que las miles de personas movilizadas en las distintas asambleas cada noche hacen un esfuerzo por imaginar cómo sería este país si se cumpliera un mínimo de condiciones de respeto por la gente de parte de su clase dirigente y sus grupos financieros. La demanda de una democracia real ha puesto de manifiesto el sentir popular de que lo que tenemos es una democracia irreal, no creíble.

Las asambleas son una magnifica puesta en escena de operativas y procedimientos de participación ciudadana con respecto a cómo debería ser nuestra sociedad y cómo debería gestionarse y legislarse.
Allí se producen ideas comunes que de alguna manera empiezan a hacer imaginar ese funcionamiento nuevo y deseable del orden social, político y económico que nos rige. Todo incipiente y emergiendo aún, está claro. Como cualquier nacimiento, viene atravesado por toda la potencia de la vida y toda su debilidad.
Quizá los temas más importantes aún no pasan por cuestionar la propiedad privada de las ficciones de este país, la manera de inversión del dinero de la producción audiovisual y cinematográfica volcado a una industria arcaica, las prácticas institucionales de producción de cultura sin actualizar o la revisión de un sistema educativo que parece ignorar el mundo audiovisual en el que vive.
En nuestro caso, posicionarnos con el 15-M pasa, como para la mayoría de las personas, por preguntarnos cuales son nuestros aportes posibles a él y no qué nos puede dar a nosotros el movimiento.
Y a este sueño social de horizontalidad y buena gestión política creemos que debemos poner a su servicio las reflexiones y prácticas que venimos desarrollando desde hace años en el Cine sin Autor, con una perspectiva más alejada en el tiempo y más allá de lo que supone la tarea informativa, divulgativa y documentalista que la que venimos haciendo.
Una dinámica asamblearia y de gestión horizontal como la que se desarrolla en el movimiento debe pensar en una nueva forma de producción y gestión cultural acorde a esa dinámica.
En un momento en que se intenta comenzar siempre por un planteo de mínimos, los puntos sobre la mesa que creemos útiles empezar a plantear en lo que refiere al cine y la producción audiovisual, podrían ser los siguientes:
a) Una lectura crítica de la legislación vigente en temas de producción audiovisual y de la propia ley del cine con el fin de que esta nueva legislación permita sentar las bases de otra forma social de producción en estas áreas, tanto en la gestión de fondos públicos como en los diferentes modelos de producción que la ley permita y estimule.
b) Poner en amplia discusión los métodos de realización y gestión de las producciones que hacemos y la puesta en común de alternativas a esos métodos. Promover este debate con todas aquellas personas dedicadas a la producción audiovisual y cinematográfica que estén interesadas en un cambio sustancial de funcionamiento,
c) Poner sobre la mesa formas de creación audiovisual y cinematográficas que sigan el modelo asambleario, que puedan funcionar con grupos y colectivos compuestos por profesionales, videoactivistas y realizadores y realizadoras del sector junto a la población cualquiera, en situación de colaboración horizontal y para el fortalecimiento y desarrollo de representaciones colectivas y participadas por la gente común.

Creemos que lo que está en disputa es la producción de ficción social en un sentido amplio que como actividad y en los modelos vigentes, está claramente controlada y administrada por minorías de poder que funcionan como dueñas y gestoras de la narración y representación social, de cuyas producciones solo ellas se benefician y a las que buscan mantener (o mantienen sin buscarlo) una imaginación colectiva al servicio de intereses de grupos minoritarios.
Que el movimiento 15-M deberá plantearse estas cosas en algún momento del mediano plazo no hay lugar a dudas. Lo que sí estimula es que este sentir histórico no nos deja más opción que asumir un compromiso en coherencia con lo que pensamos o replegarnos en la pasividad de no estar a la altura de los acontecimientos que nos atraviesan. Donde la vieja política con la vieja cultura nos había acostumbrado a decir “deberían hacer” hinchándonos la boca de argumentos, esta irrupción del sentido común e indignación popular nos ha enseñado a conjugar un (aún) extraño “nosotros” que nos devuelve la obligación como desafío. Si antes no encontrábamos excusas para tener que reaccionar, ahora solo queda acelerar la marcha.